“Al ser el Hombre capaz de manejar su alimento,

expande su memoria hacia el infinito.” Michio Kushi

Escribo este artículo luego de terminar de amasar el pan y ponerlo en el horno. Un delicioso olor penetrante ya invade toda la casa.

Un rato antes estuve probando unas recetas que pienso publicar en el blog de cocina y ya estoy pensando qué hacer para la cena de esta noche…

Pero no siempre fue así. Durante muchos años de mi vida consideré a la comida como algo necesario para vivir pero que no tenía que dedicarle demasiado tiempo. Tenía mucho que hacer y con cualquier cosa me podía arreglar. Sumado al hecho de que vivía obsesionada por los kilos que, inevitablemente, se sumaban a mi peso ideal!

Sentía además que no podía dejar de compartir las comidas tradicionales con mi familia. Que lo que preparaba la tía Josefina era lo más rico que había y, sobre todo, incomparable. Estaba convencida que nunca iba a aprender a hacer esos torteletis ni esas masitas tan especiales!

Pero un día todo cambió. Me dí cuenta que cocinar era algo diferente, que era un proceso que podía comparar al de los viejos alquimistas que pasaban su vida buscando transformar el plomo en oro. Aquí se trataba de lograr que distintos ingredientes, simples, se convirtieran en un fragante pan o en un oloroso guiso.

Y comencé a disfrutar de ese momento, como si se tratara de un ritual, donde podía sentir en mis manos los duendes que transitan por las verduras y las frutas y percibir la energía de vida de los cereales y las legumbres, que hasta ese momento estaba latente.

Descubrí que también yo comenzaba a transformarme. A sentir cómo la energía traspasaba mis manos y se instalaba en todo mi ser y los olores llegaban cargados de recuerdos o de promesas.

Resulta conmovedor reconocer la transmutación que se produce en nuestro interior ante el contacto con los frutos de la tierra recién arrancado o al descubrir su intenso olor.

Y a partir de entonces, el cocinar pasó a ser un momento de meditación, una meditación en acción. Que permite que nos reconectemos con lo más profundo de nuestro Ser.

Porque, como dice María Lucía Bruno: “Es una ilusión creer que las plantas están limitadas por los entornos físicos. Ellas son, realmente, órganos físicos para la percepción del aroma universal, para la comunión con los astros. En el olor de las plantas podemos sentir el cielo.”

Por eso, cuando hago una receta o cuando paso algunas horas cocinando, no dejo de agradecer a la Vida que me haya regalado con esta posibilidad de reconocer que el cocinar es un acto trascendente, como lo es el meditar.

Y no lo hacemos solos: las hadas y duendes de la Tierra danzan a nuestro alrededor.

 


 

* Directora de IATENA Instituto Argentino de Terapias Naturales

Publicado en «Radio Relax»

 

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