Los insectos siempre han pululado en nuestros hogares. Hemos utilizado los medios más variados para defendernos de ellos. Pero ahora algo ha cambiado: si antes se usaba generalmente un matamoscas, hoy en día se emplean pulverizaciones venenosas con los nombres más variados que sustituyen al viejo golpe seco.

¿Son verdaderamente necesarios esos exterminadores de parásitos? Considerando que todavía se sabe poco sobre el efecto que tienen sobre el hombre y que todavía es menos lo que llega a ser de dominio público -por ejemplo en el caso del DDT sólo se dio a conocer su peligrosidad para el medio ambiente y la salud tras cuarenta años de uso-, cada uno de nosotros debería preguntarse si no sería mejor utilizar los viejos métodos en vez de estos insecticidas.

La naftalina, por ejemplo, está considerada por Josef Velvart en su libro «Toxicología de los productos para el hogar» como un peligro importante.
Es una sustancia muy volátil que se absorbe a través de los pulmones o de la piel.
Se han estudiado ya diversos casos de envenenamiento caracterizado por la aparición de daños en los riñones, el hígado y en la sangre.
Además, es un pariente químico próximo de sustancias que producen cáncer, como el benceno, el benzatreceno y el pirobenceno presentes en el humo de cigarrillos.

Los insecticidas que están hoy a la venta suelen contener una mezcla de las materias activas metoxicloro y diclorvos.

El metoxicloro, aún en pequeñas cantidades, es más mortífero para las moscas de la casa que el antes usado DDT, aunque para los mamíferos sea de 25 a 50 veces menos venenoso. Su estructura química es idéntica a la del DDT, salvo en que se compone de dos grupos metoxi (CH3O-) que sustituyen a dos de los cinco átomos de cloro del DDT, por lo cual el organismo de los mamíferos lo elimina con más rapidez que al DDT.

Pero el metoxicloro es un organoclorado y sólo se podrán conocer los peligros reales que entrañe tras decenas de años de uso.

El diclorvos o DDVP pertenece al grupo de los organofosforados, relacionado con los gases de la guerra química Soman, Sarin y Tabun.
Su efecto se basa en el mismo principio que el de éstos: impide la conducción de los estímulos nerviosos y produce una parálisis respiratoria que desemboca en la muerte.
Esto, por suerte, sólo sucede con los insectos, dado que el cuerpo humano elimina rápidamente el diclorvos y productos similares, al contrario de lo que sucede con los gases de guerra.

Dicha eliminación se lleva a cabo en el hígado y por ello las personas que tienen problemas de hígado no deberían usarlo ya que se exponen a probables intoxicaciones.

Por otra parte, cada año se venden toneladas casi incalculables de insecticidas en aerosol, un 80% de las cuales se pierde en el aire sin objetivo alguno. Su elevada volatilidad hace que asciendan hasta las capas más altas de la atmósfera y allí, los rayos ultravioletas, que son altamente ionizantes, dividen estos átomos de flúor, los cuales descomponen a su vez el ozono.

Por este motivo, la capa de ozono -esencial para filtrar gran parte de los rayos ultravioletas del espectro solar, en concreto, los denominados rayos ultravioletas duros- se está deteriorando hasta tal punto que ya no puede cumplir su función en la medida en que sería preciso, lo cual implica para nosotros un aumento del número de casos de cáncer de piel y, como algunos científicos temen, cambios climáticos profundos.

El químico Ignacio R. Neer sugiere algunas fórmulas más orgánicas para combatir insectos, que podemos preparar directamente en nuestras casas.

Polvo cucarachicida.
Bórax, 5 gramos
Almidón de maíz, 4 gramos
Azúcar fina, 1 gramo
Tamizar y espolvorear por los rincones

Soluciones antipolillas
Alcohol etílico de 96º, 79,5 gr
Pimienta negra molida, 10 gr
Esencia de lavanda, 0,5 gr
Mezclar. Impregnar tiritas de papel secante o pulverizar el interior de los placares.
Para la ropa de lana, bastará con espolvorearla con bórax en polvo muy fino.

Los insecticidas más inofensivos para el ser humano son aquellos elaborados en base a la rotenona y la piretrina.

La primera, la rotenona, se obtiene de la maceración de las raíces de una enredadera que crece en China y en Japón, mezclada con alcohol etílico.

La piretrina se extrae de unas flores originarias de África que son secadas y molidas. Ambos son fisiológicamente inactivos: unidos a un vegetal como el palo santo, se potencian en forma muy activa.

Cuando resulte demasiado difícil o costoso obtener comercialmente o preparar en casa un veneno orgánico, conviene volver a los antiguos y bien acreditados sistemas de nuestras abuelas: telas metálicas, redecillas y mosquiteros, que pueden decorar con mucha elegancia dormitorios y comedores.

Estos sistemas no permiten siquiera que el problema de los insectos llegue a plantearse. De algún modo nos recuerdan uno de los principios más viejos de una buena economía de recursos: si no quieres trabajar demasiado para limpiar tu casa de problemas, ante todo no les permitas la entrada.


Adaptado de Integral nº 80

 

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