Salgo al patio en la mañana y encuentro el pasto salpicado de amarillos botones.
Son las flores del diente de león, brillantes y luminosas como pequeños soles.  Las hojas se pueden comer en ensalada o, ya secas, prepararlas en infusión.

Esta hierba es un poderoso multicurador: depurativo de la sangre y del hígado, aporta vitaminas y minerales, es un diurético suave y agente anticancerígeno.

Más allá crece el llantén, otro yuyo de múltiples efectos terapéuticos: antioxidante, regulador intestinal, hepático, depurativo y también agente anticancerígeno.

En el alambrado se entreteje graciosamente la pasionaria. Sus hojas son como pequeñas manos y sus flores de una gran belleza y armonía. Son diez pétalos dispuestos alrededor de una delicada corona purpúrea. En el centro los estambres son como los clavos de Cristo, de ahí su nombre. Esta bella trepadora es uno de los mejores sedantes. No tiene contraindicaciones, favorece el sueño sin embotar y se puede usar toda la vida sin efectos colaterales ni secundarios.
En el fondo está el sauce, que es la aspirina natural, y la pezuña de vaca, que es útil para la diabetes.

En mi paseo matinal tomo conciencia de que a cada paso hay una planta curativa. Hasta la gramilla, ese pastito verde silvestre que crece en todas partes, es un poderoso diurético y desinflamante de las vías urinarias.

Todos estos agentes curativos de la naturaleza están allí, antes de mi llegada. Sólo necesitan de nosotros que no los exterminemos. De ahí que sea tan importante mirar antes de arrancar. No necesitan nada, no piden nada. Se ofrecen generosamente año a año.

Con tristeza veo la ignorancia y la inutilidad de lo que hace a veces algún vecino nuevo: Arar y pulverizar con herbicidas y plantar un pasto foráneo todo parejito como una alfombra.
Como si lo natural fuera sucio y desprolijo. Como si tuviéramos derecho a envenenar la Tierra – que somos nosotros mismos – y a romper el delicado e inteligente equilibrio de la Vida.

Un baldío es una farmacia natural. La naturaleza es pródiga, generosa, es un canto a la abundancia. La pobreza es un invento del hombre.

La Suprema Inteligencia ha colocado sobre el planeta millones de plantas curativas para aliviar los diversos males. Somos nosotros los que, al alejarnos cada vez más de la Naturaleza, persistimos en una forma de vida que nos enferma cada vez más.

Sin embargo las fuerzas de la vida siguen estando en las plantas, en el agua, en el aire, en la belleza y la armonía de la creación y nos invitan permanentemente a retornar al origen.

 


* Ex Director IATENA Instituto Argentino de Terapias Naturales

 

Tu sitio web en Efemosse Sistemas