Lic. Juana R. de Tucci*

Lejos han quedado ya esos días en que las Flores de Bach irrumpieron en nuestras vidas. Tiempos esos donde recibimos las primeras clases de la Doctora María Luisa Pastorino y en los que tímidamente se mostraban los frasquitos color caramelo… y qué rápidamente se escondían por no poder explicar de qué se trataba…

El tiempo fue transcurriendo y los efectos de las Flores de Bach son ampliamente confirmados, aunque semejante difusión aún hace sonreír a muchos escépticos y crea dudas en mentalidades científicas rigurosas.

Lo cierto que esta terapéutica está definitivamente incorporada a la vida cotidiana, tal como lo anhelaba el Doctor Edward Bach, cuya aspiración desde niño fue la de encontrar remedios naturales, inofensivos, puros y simples que pudieran tratar de manera personal tanto a personas, como animales o plantas.
Esto, que parecería eclipsar la importancia de sus descubrimientos científicos, sin embargo lo muestran al doctor Bach como un ser brillante pero amante de la sencillez.

Nos proponemos hoy dar un retrato de este Hombre, cuyos remedios florales forman ya parte de la medicina preventiva y curativa y que han obtenido el reconocimiento de médicos e investigadores de todas las ramas de la Ciencia y el aval de la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Pocas fotografías se han conservado de él. Pero vemos un hombre atractivo, carismático, delgado, de buena figura, que seguramente no pasaba inadvertido.
Era de mediana estatura, aunque daba la impresión de ser más alto, pelo color claro y ojos castaños. Las fotos de su madurez muestran una mirada sensible y profunda.

Era apasionado y vehemente. Cuando se proponía algo, trabajaba noche y día, sin parar, hasta lograrlo. No hacía nada a medias cuando iba tras una meta, todo lo demás era accesorio.
En sus primeros años de médico, en los que trabajó e investigó con gran intensidad, vivía en Londres y se mantenía en forma boxeando y remando a la mañana temprano en el lago de Regent Park.

Siempre añoró la naturaleza. No tenía mentalidad de londinense. Detestaba la ropa nueva, prefería cualquier vestimenta vieja y cómoda, lo suficientemente holgada como para no impedirle los movimientos. El poco tiempo que usó sombrero hacía una especie de gesto automático como para sacárselo. Cuando sus amistades le insistían que se comprara un traje para alguna conferencia, el respondía: «yo no soy un traje, si quieren uno se los mando»…

A los 43 años, cuando sus vacunas habían sido utilizadas con éxito, cuando tenía todo lo que podía desear un médico, honores, reconocimiento y dinero, abandonó todo para continuar con la búsqueda de sus remedios naturales en los bosques y praderas de Gales. Quemó sus fichas y escritos, regaló otros, vendió su laboratorio y emprendió una vida nueva. Su ser renació con el pleno contacto con la naturaleza y con la posibilidad de una vida más simple.

Reconocido como médico más allá de su lugar de origen, llegó a ganar mucho dinero, que invertía totalmente entre sus investigaciones y en la ayuda a seres necesitados. Por ello nunca tenía dinero….

De esta época, la que podríamos considerar la segunda de su Vida, nos llegaron pintorescos testimonios. Solía organizar conciertos vocales improvisados en la taberna del pueblo, cantando sus canciones favoritas, riendo y bromeando con todos sus amigos y asegurándose que la velada comenzara con una ronda de bebida a su expensa. Su interés por los juegos de críquet y fútbol hizo que les prestara parte de su terreno a un club.
Se lo veía paseando con su perro Lulú, bastón en mano y con la barba crecida irradiando felicidad y compañerismo.

En su casa de Mont Vernon, donde hoy en día funciona el Centro Bach, fabricó sus muebles. Hizo sillas y bancos, camas, mesas y aparadores de madera de olmo y tablones de pino, según sus propios diseños, utilizando en su mayor parte clavijas de madera en lugar de clavos. Luego los impregnaba con jugo de nogal, dejándolos sin pulir.
A pesar de que nunca antes se había dedicado a la carpintería hizo estas piezas con rapidez y facilidad. Su amor por los árboles lo hacía disfrutar mucho el trabajo con la madera y los resultados eran, por cierto, hermosos en su simple dignidad.
También cultivaba su jardín y su huerta intercambiando semillas y hortalizas con los vecinos.

Su carácter era jovial y tenía un gran sentido del humor. Era directo en su discurso, sin temor a ofender cuando deseaba enfatizar la verdad y siempre rehusaba discutir con los demás. Era claro y no disimulaba su desagrado o desaprobación por las personas. Mantenía su individualidad estuviera donde estuviera.
Aunque era amable solía impacientarse, sobre todo con la lentitud de algunas personas.

Defendió con ardor sus ideas y no claudicó ante las sostenidas amenazas del Colegio de Médicos de ser exonerado. Sentía que su misión en la vida era esa, la que estaba desarrollando y aceptaba cualquier desafío.
Logró desentrañar el velo que cubría su trabajo y reconocer el momento en que su Sistema de Remedios ya estaba completo. Compartió con sus colaboradores esta seguridad y les comunicó que su misión en la vida ya había terminado.

Murió con la misma naturalidad y sencillez con que vivió. Plácida y serenamente. A pesar de haber sido un hombre sufrido, que padeció distintas enfermedades. Sumado al hecho que, en algunos momentos, era algo así como un «laboratorio viviente». El encuentro de algunas flores desencadenaba en él el sufrimiento físico o emocional que luego sería equilibrado.

Dejó pocas pertenencias personales. Apenas algo más de ropa que la que llevaba puesta y 50 libras esterlinas. Sin embargo su herencia, a más de 60 años de su muerte, somos todos nosotros, la multitud de personas que equilibramos nuestras vidas con los maravillosos remedios florales que él descubrió.

* Directora de IATENA Instituto Argentino de Terapias Naturales

 

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