No pasan muchos días sin que aparezca un nuevo producto floral, una información, una novedad, un libro.

De tanto en tanto no puedo dejar de incorporar nuevas flores a mi ya abundante arsenal, y hasta siento la tentación de cargar mi computadora con todo el conocimiento floral disponible.

Sin embargo no deja de atemorizarme la posibilidad de convertimos en tecnócratas de las flores.

Sin duda es maravilloso contar con una multitud de remedios florales capaces de curar o aliviar numerosas enfermedades desde lo físico hasta lo espiritual. Hay tanta variedad de flores en el mundo que podemos elaborar infinidad de esencias que equilibren otros tantos patrones energéticos.  Pero me pregunto ¿no será esto transitar por el filo de la navaja? ¿Dónde esta el límite sutil de la vuelta a una visión alopática?

Tal vez por eso, para conjurar los riesgos, regreso a menudo a la lectura de Bach.  Siempre es sano volver a las fuentes: recordar con Bach que la primera tarea del terapeuta es acompañar a la persona que sufre en la búsqueda de las causas de su dolor, ayudarla a dar el próximo paso de su aprendizaje, a descubrir como adquirir la virtud necesaria para superar la situación actual. Y la segunda tarea es la de administrar remedios.

Sin duda el camino del terapeuta de pronto se convierte en laberinto.
Si nos va muy bien caemos en la omnipotencia, en nombre del Amor desembocamos en la Vanidad.

¿Cuál es el sendero de la luz, dónde está la seguridad?

¿Quien cura? ¿Acaso estamos curando? ¿Acaso yo curo a alguien? ¿Curo yo o curan las flores?

Me veo tentado de decir que entre el terapeuta y el consultante se establece un canal por donde se reconecta la Energía Universal que estimula el Poder Autocurativo.

¿Y las flores entonces? Sólo son un medio para abrir ese canal. Una vez reconectado el flujo de la energía amorosa, algo cambió en nosotros y el Universo.

¿Pero no será esto tan sólo una teoría? ¿Cómo funciona en la práctica?
¿Cómo es el aprendizaje de las virtudes? ¿No me convertiré en este intento en juez, en gurú, o en «maestro ciruela» que señala con el dedito en alto?

¿Cómo lo hago?

Tal vez mirando más a la persona que a mi mismo. Tal vez estando más en el aquí y el ahora, tal vez intentando más las preguntas que las respuestas, tal vez depurando nuestro deseo de curar.

En este momento en que escribo me distraigo mirando por la ventana. En las ramas desnudas de un sauce, tímidos puntos verdes insinúan los brotes y preanuncian la primavera junto con un gorrión alegre que no deja de cantar. El pájaro está unido a la rama, la rama al árbol y el árbol a la tierra. Detrás de la casa vecina, los pinos lejanos y el cielo. Todo inundado de luz matinal y dentro de mi; y yo dentro de todo.

Por un instante el mundo en la ventana soy yo, y yo soy el mundo en la ventana  … y me pierdo …

Y de pronto vuelvo al papel y me digo: el aquí y ahora vivido plenamente me ha dado respuesta. Tal vez para no perdernos en un jardín de los senderos que se bifurcan, para no ver fragmentariamente a los pacientes, para no regresar inconcientemente a la visión alopática, es necesario cambiar la mirada.

Si preguntamos parcialmente nos responderá la parcialidad. Si interrogamos al paciente y al mundo desde la fragmentación, la respuesta será fragmentaria. Si preguntamos desde la totalidad, la respuesta será total.

Esta actitud nos lleva a la filosofía, a preguntarnos constantemente, a estar dispuestos a abandonar lo aprendido en todo momento, a interrogamos como lo hacían los filósofos presocráticos en los albores de nuestra cultura QUE ES LO QUE DA SENTIDO Y UNIDAD AL MUNDO.

 

* Ex Director de IATENA Instituto Argentino de Terapias Naturales

 

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